Para fomentar la lectura, desnúdate

Pablo Chul, crítico y escritor, ha encontrado la forma de llamar la atención sobre la literatura: ilustrar sus textos con fotos en pelotas

Cada año asistimos a la misma cantinela. ‘En España no se lee’. Resulta que mientras las editoriales se vuelven locas publicando libros y llenando las estanterías de las librerías con aspirantes a bestseller y dudosas obras salidas de los platós de televisión, los españoles, la gente corriente, esa que suda en el metro y se lleva las manos a la cabeza con los titulares de Twitter, no lee nada. Pero nada de nada. Parece ser que durante el último año la mayoría de habitantes del país ha comprado, como mucho, un libro -y puede que sea el de 8 apellidos vascos, ojo-. Esto es un drama de proporciones insospechadas. ¿Qué clase de sociedad vamos a dejar si lo más que nos llevamos al intelecto son las ‘tontás’ que compartimos en las redes sociales? ¿Seguro que, en lugar de cancelarMujeres y hombres y viceversa por fomentar la incultura, no deberíamos echarle el cierre al país directamente?

Con todo, pese a la marea de antiintelectualidad imperante -lo de hacerse el tonto ha cobrado una importancia vital para sobrevivir en las condiciones actuales-, todavía queda gente empeñada en motivar la lectura. Sí, iluminados utópicos que creen que en su mano está la llave para instalarla  entre los hábitos de los españoles, en algún lugar, suponemos, entre losrealities y opinar sobre política sin tener ni idea. Pero no crean que estos nuevos mesías literarios son como los de antes. Nada de trajes apolillados, gafas introspectivas y críticas plagadas de vocablos en desuso, esos que te obligan a replantearte tu conocimiento del idioma. Ahora los tiempos han cambiado. Las redes sociales se han instalado cómodamente en nuestras vidas y se han convertido en el terreno perfecto para cualquier actividad. ¿Y qué triunfa en las redes sociales? Pues la comida, los gatitos y, sí, los desnudos.

Pablo Chul es crítico literario y escritor y ha venido al mundo con una única misión: hacernos leer. Para conseguirlo no ha dudado en abrirse una cuenta en instagram -@pablochul– y despelotarse. Pero nada de desnudos gratuitos. Los suyos tienen un objetivo bien concreto. “Es una cruzada para que los homosensuales del mundo lean buenos libros. Los veo muy protozoarios, muy analfaburros, y me preocupa que tomen la paja por el grano y que terminen en un cul-de-sac intelectual por culpa de una tecnología obsesiva que crea un ocio saprófago o directamente osmotrófico. Mi instagram es una guerra santa en condiciones porque compito contra culos y gatitos”. Armado de -muy- poca ropa y un cargamento de libros, Chul se dedica a ejercer de crítico, recomendando y analizando obras mientras posa con ellas en actitudes de lo más sensuales -tranquilícense, que algún misterio se guarda para los elegidos-. ¿Será esto una suerte de postporno literario? Mejor le preguntamos las dudas a él que sabrá cómo iluminarnos.

¿Qué le lleva a un crítico literario a desnudarse en una red social? ¿Es una forma de evolucionar un género demasiado anquilosado?

Los críticos literarios éramos una cosa monísima: personas con gafas gordas leyendo libros buenos para compartir sus virtudes, o libros malos para ahorraros el trance a los demás. Pero el género está en coma porque los ‘sarasitas’ dicen que no tienen tiempo para leer y porque, en el fondo, ya no valoran ni el estudio ni la cultura seria. Yo, que soy muy de Schelling, tengo dos opciones: desnudo o bonzo

Imagino que serás consciente de que mucha gente pensará que, más que los libros, lo que te interesa es llamar la atención sobre ti mismo…

La gente piensa cosas muy alienígenas, saca conclusiones y cree todo lo que ve en su móvil. La gente es un temazo que no se agota. De hecho, hay una gran tradición literaria que trata acerca de gente que se hace un lío: de Madame Bovary a Jelinek, ahí es nada.

¿Crees que tus seguidores se fijan más en el libro o en el paquete?

Escribo los textos en calzoncillos, con amor y buena letra, y sólo elijo libros maravillosos en forma y sentido. El paquete está ahí, como el de todos. Si os exhorto sin ropa es para que escuchéis: sin libros, la vida es un tostón.

“Tengo un seguidor que quiere que leamos juntos los ‘Episodios Nacionales’ y lo que surja…”

¿Te han salido propuestas profesionales desde que tienes tu perfil en instagram?

Yo estoy al servicio de la literatura, pero no me consta que mi empeño esté llenando las librerías. Los homosensuales siguen con su ruido habitual, y los libros sin leer. Me ofrezco a animar a la lectura en institutos y cuarteles.

¿Y personales?

Tengo un seguidor que quiere que leamos juntos los Episodios Nacionales y lo que surja…

¿Crees que los profesionales de otros sectores deberían seguir tu ejemplo?

Creo que es lo mínimo. Hay que mojarse. Los curas se ponen falda para que los feligreses crean que el pan se transforma en carne cuando ellos quieren. Si Harold Bloom -crítico literario estadounidense- se desnudara, el mundo sería distinto.

Nos volvemos a poner los pantalones, a pesar del calor infernal que nos rodea, y salimos a la calle. Todo el mundo consulta sus teléfonos móviles pero nadie lee. Antes de despedirnos le pedimos dos recomendaciones:

¿Qué libros tendríamos que leer desnudos?

Desnudos, tenéis que leer la Vida de Benvenuto Cellini porque es un monumento, un festín y un delirio. Desnudos o vestidos, tenéis que leer Fortunata y Jacinta porque os lo digo yo. Y después, os vestís para leer El Retrato de una Dama, de Henry James, que os dará frío: hay pocas novelas tan profundas, tan perversas, tan sabias, tan finas y tan dolorosas.

¿Y un par de sitios para desnudarnos mientras leemos?

La Biblioteca Nacional, la Real Academia y vuestra librería de confianza.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2015/06/30/tentaciones/1435660848_533041.html

Cuando Harlem era una fiesta

La explosión cultural vivida en el barrio neoyorquino en los años veinte se convierte en un fenómeno editorial en español

“Creían que iban a cambiar la sociedad con libros”, dice David Levering Lewis, historiador de referencia de aquel “bello fracaso”

Pareja con abrigo de mapache en Harlem en 1932. / JAMES VAN DER ZEE

Hacia 1926, un chascarrillo circulaba por Nueva York como corría el alcohol de mala calidad por los tugurios ilegales de Harlem.

—Buenos días, señora Astor —dice un mozo de la estación Grand Central.

—¿Cómo sabe usted mi nombre, joven? —replica la dama.

—Nos conocimos la otra noche en casa de Carl Van Vechten.

La señora Astor era Helen Dinsmore Huntington, esposa de Vincent Astor, el no va más de la alta sociedad de Manhattan. Van Vechten (1880-1964), fotógrafo y escritor de origen danés, uno de los promotores externos (blancos) más activos de la creatividad del Nuevo Negro en la década de los veinte, había publicado ese mismo año la controvertida novela Nigger Heaven. Y la anécdota, un buen resumen del clima de contaminación social y racial característico de las juergas que montaba el filántropo, tan integradas como generosamente etílicas, está recogida en Cuando Harlem estaba de moda, de David Levering Lewis (Little Rock, Arkansas, 1936), ensayo de referencia sobre el renacimiento de Harlem publicado en 1981 y, al fin, traducido (por Javier Lucini) en Biblioteca Afroamericana de Madrid (BAAM).

Empeño de la fotógrafa y escritora Mireia Sentís y del poeta José Luis Gallero por ensanchar el conocimiento de los lectores españoles sobre la cultura negra estadounidense, el sello estrena alianza (conEdiciones del Oriente y el Mediterráneo) con la publicación, además, del poema en prosa Caña, obra maestra de Jean Toomer que, según los cálculos de Lewis, de visita recientemente por Madrid para apoyar el lanzamiento de su estudio, inauguró en 1923 “la nómina de las 26 novelas que dejó como legado el Harlem Renaissance”.

La etiqueta, ampliamente difundida en Estados Unidos, también más allá de los círculos editoriales y académicos, ha hecho ciertamente menos fortuna en España, donde aquella explosión creativa suele asimilarse a un leve conocimiento de la obra y la figura del novelista y poeta Langston Hughes (y sus años españoles) y, sobre todo, al Cotton Club de Duke Ellington, genio de la sofisticación sin esfuerzo, o Bill Bojangles Robinson bailando claqué con Shirley Temple. El retrato pintado por Lewis a lo largo de 500 páginas, escritas con una interesante suma de pulso periodístico y rigor académico, va, obviamente, mucho más allá para trazar una completa biografía de un movimiento cultural surgido tras la Primera Guerra Mundial, cuyas motivaciones, curiosamente, definió el estudioso con mayor precisión en la antología The Portable Harlem Rennaissance Reader(Viking, 1994): “Fue en cierto modo un fenómeno forzado, un nacionalismo cultural de salón, institucionalmente instigado y dirigido por los líderes de los movimientos nacionales por los derechos civiles con el propósito de mejorar las relaciones raciales en momentos de extremo enfrentamiento”.

Fotogalería: Las estampas de James Van der Zee.

Lewis, sentado recientemente en un hotel de Madrid con chaqueta de pana y jersey de cuello vuelto, aceptó desarrollar esa definición. “El renacimiento de Harlem fue el resultado de los esfuerzos de una segunda generación de personas de color bien educadas, emancipadas, asimiladas, con recursos y estudios en universidades como Harvard, Yale, Howard o Fisk. Gente que creyó que tras la Primera Guerra Mundial, cuando un buen número de afroamericanos sirvieron con valentía en Europa, había llegado el momento de ser reconocidos socialmente, de superar el estigma de una vez por todas. Sin embargo, ¿qué encontraron al volver a casa?: Discriminación, exclusión… No es una coincidencia que los disturbios raciales que asolaron el país en 1919, de Charleston a Omaha, de Washington a Chicago, esa sucesión de linchamientos y revueltas que se conocen como el Verano Rojo, estén relacionados con aquella toma de conciencia. Ahí es cuando se llegó a la conclusión de que una minoría cultural, esa que el escritor W. E. B. Du Bois llamó The Talented Tenth [el diezmo talentoso], debía liderar el progreso de la raza con armas como la novela, la poesía o el arte, por muy utópica que con la perspectiva del tiempo nos suene esa idea. Así nació el movimiento cultural afroamericano más importante de la historia de Estados Unidos hasta ese momento”.

Lewis, ganador en dos ocasiones del Pulitzer (1994 y 2001) por cada una de las dos partes en las que dividió su monumental biografía sobre Du Bois —activista, cofundador de la Asociación para el Progreso de la Gente de Color (NAACP, en sus siglas en inglés) y uno de los personajes principales de Cuando Harlem estaba de moda—,considera que otro elemento clave en el éxito del renacimiento estuvo en la comunión de las dos bohemias que ocupaban, respectivamente, la parte alta y baja de Manhattan; los negros de Harlem y los miembros de la generación perdida que vagaban por el Village. “Les unió”, explica el estudioso, profesor de la Universidad de Nueva York, “la sensación de que en esa sociedad de los felices años veinte, volcada en el consumismo, no había lugar para sus sensibilidades. El resto de la explicación hay que buscarla en Broadway, que comenzó a disfrutar con obras de temática negra, en la filantropía WASP y judía y en las grandes firmas editoriales de Nueva York, que apoyaron a nuevos talentos literarios afroamericanos, al tiempo que disfrutaron de los éxitos de ventas de los escritores blancos que [como T. S. Stribling, el propio Van Vechten o Eugene O’Neill] trataron, con mayor o menor fortuna, la experiencia de ser negro en Norteamérica. Todo aquello funcionó como un imán; cada día desembarcaban en Harlem jóvenes talentosos llegados de todas partes de EE UU, chicos que normalmente habrían estado destinados a dedicarse a los negocios, pero en aquel tiempo optaron por escribir novelas”.

Algunos de los que mayor fortuna hicieron desfilan con sus memorables andares por las páginas de Cuando Harlem estaba demoda, que, con unas ventas cercanas a los 100.000 ejemplares, ha permanecido vivo en el catálogo de Penguin desde su publicación hace más de 30 años. Ahí están el patriarca Booker T. Washington y sus experimentos docentes del instituto Tuskegee, de Alabama, el místico armenio G. I. Gurdjieff o el incómodo activista jamaicano Marcus Garvey, que comenzó predicando la vuelta de los negros a África “en la esquina de los oradores de la calle 135”, y acabó, odiado y temido a partes iguales, proclamándose “presidente-general provisional” del continente; Claude McKay, el antillano que coqueteó con la URSS y firmaría una de las más exitosas páginas de la novelística del renacimiento con Home to Harlem (1928), o Alain Locke, “el Proust de la Séptima Avenida”; Wallace Thurman, escritor y editor de revistas de corta fortuna; Jesse Fauset, autora de la esencial There’s Confusion (1924), o el aglutinador de voluntades Charles S. Johnson, primer presidente negro de la Universidad de Fisk, de quien Zora Neale Hurston, destacada escritora del movimiento y madre de los términos niggeratti (resultante de sumar con ironía nigger y literatti) y negrotarians (que definía a los simpatizantes blancos de la causa), dijo que todo aquella explosión creativa “fue obra de Johnson y solo a causa de su carácter silencioso le fue atribuida a otros”.

Uno de los grandes aciertos de Lewis —de quien también se halla disponible en español en Paidós su estudio El crisol de Dios: el islam y la construcción de Europa (570-1215), sobre la influencia árabe en la España medieval—, es la capacidad para hilar las peripecias biográficas de unos y otros miembros de aquellas élites con asombrosa facilidad. Si algo se echa de menos en su trabajo es una mayor atención a la música harlemita. “Supongo que, en un afán por trascender a los tópicos de la era del jazz, del alcohol, de la prohibición [cuyo apogeo, entre 1920 y 1933, coincide tal vez no por casualidad con el del renacimiento], quedaron fuera algunas cosas. Mi intención fue discernir lo que las artes hicieron por la política, y cómo se emplearon para ciertos fines sociales y económicos”, aclara el autor, que si volviera a emprender la tarea deCuando Harlem estaba de modaprestaría “más atención a la influencia de la cultura homosexual en el renacimiento, ejemplificada en el poeta Countee Cullen o por Langston Hughes”. Aunque Lewis se detiene en el papel decisivo de las revistas y periódicos de la época y sus premios literarios (Crisis, The Opportunity o The Messenger), así como en “la mecánica esencial de las noches del barrio”, con sus vibrantes clubes (Savoy, Cotton Club o La Torre Oscura), sus tugurios para echar un trago y las fiestas en casas de millonarios como la simpar A’Leila Walker, “primera millonaria afroamericana”, no se extiende demasiado en el arte de aquel tiempo y lugar, que también tuvo sus destacadas representaciones en las fotografías, rayanas en el experimento sociológico, de James Van der Zee, o en las pinturas de Aaron Douglas, Jacob Lawrence, Archibald Motley o Fritz Winold Reiss.

Un dibujo a carboncillo de este último adorna la portada de Caña,con traducción y epílogo de Maribel Cruzado Soria, otro rescate reciente de BAAM. Deslumbrante ejercicio narrativo a medio camino entre la novela, la prosa y la poesía, Caña fue definida por el novelista español Ray Loriga en la presentación del libro en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con un eslogan contundente: “Es la novela que lleva toda la vida inspirándome incluso aunque no supiera que existía”. Cruzado, responsable de la difícil tarea de verter en español por primera vez una de las cumbres de la literatura estadounidense del siglo XX, detalla en el epílogo los retos de su empeño. “El libro representa dificultades de todo tipo”, explicaba la traductora esta semana en conversación telefónica desde Sevilla. “Ni siquiera los estudiosos saben muy bien qué significan ciertas palabras e imágenes en su idioma original, no alcanzan a entender a qué se refería Toomer”, explica la traductora, que recuerda que el autor nunca se sintió cómodo como parte de la tribu harlemita. “No comulgaba con esa idea festiva de los demás”.

Maribel Cruzado —que descubrió al grupo “mientras vivía en Nueva York”—, estuvo al cargo también de la edición de Blues (Pre-Textos, 2004), una selección de la obra poética de temática cercana a lo musical de Langston Hughes, de quien Alfonso Sastre adaptó su pieza teatral Mulato (Hiru, 1994). También participó Cruzado en la edición de Escritos sobre España, de Hughes, publicación impulsada por Sentís y Gallero en BAAM y que ha probado sus poderes de contagio cultural. Aquella colección de experiencias del escritor y viajero incansable en la Guerra Civil despertó un interés por el renacimiento de Harlem en la joven editora, entonces estudiante de Periodismo, Araceli Lobo, que acaba de fundar en Madrid Señor Lobo, editorial que nace con un sello dedicado al renacimiento de Harlem y cuya primera referencia es Autobiografía de un ex hombre de color, de James Weldon Johnson. La novela fue publicada anónimamente para hacerla pasar por unas memorias verdaderas en 1912 (y por tanto no exactamente dentro del arco temporal estricto del movimiento). Entre los planes futuros del sello, explica Lobo, está la traducción de Quicksand (Arenas movedizas), de Nella Larsen y la incorporación al catálogo de Wallace Thurman. La figura de Larsen ya llamó en 2010 la atención de la exquisita editorial zaragozana Contraseña, que cuenta en su nómina con Claroscuro (The Passing). “Dimos con ella en un manual sobre los 1001 libros que hay que leer antes de morir”, explica Francisco Muñiz, de Contraseña, “vimos que, sorprendentemente, no estaba traducida y nos lanzamos a ello”. La nómina de recientes publicaciones en torno al renacimiento de Harlem, sin pretender la exhaustividad, podría completarse con Divago mientras vago (La Balsa de la Medusa / Antonio Machado Libros). Segunda parte de las memorias de Hughes, continúa donde el autor lo dejó en The Big Sea y cuenta con un memorable arranque que podría aplicarse al movimiento al que el novelista estuvo adscrito: “Cuando tenía 27 años, se hundió la Bolsa. Cuando tenía 28, me hundí yo. Entonces, supongo, me desperté. De este modo, cuando estaba a punto de cumplir los 30, empecé a ganarme la vida escribiendo. Esta es la historia de un negro que quiso ganarse la vida con sus poemas y sus cuentos”.

En efecto, el crac del 29 dio bruscamente al traste con las utopías y sueños del renacimiento de Harlem. “Hubo que centrarse en la mera supervivencia”, explica Lewis. “¿Fue un bello fracaso? Es un debate interesante. Creyeron que iban a cambiar la sociedad con libros, con poesía, realmente lo creían. Luego, en los años treinta, cuando se dieron de bruces con la Gran Depresión, el desencanto ya es grande”. En algunos casos, como el de Hughes, la cosa fue más allá de la simple decepción. En The Big Sea, escribió en 1940: “Algunos creyeron que el problema racial quedaría resuelto a través del arte (…). Estaban seguros que al Nuevo Negro le aguardaba una nueva vida en los pastos verdes de la tolerancia (…). No sé qué les pudo hacer pensar eso, excepto que la mayoría eran intelectuales dándole demasiado al coco. Los negros corrientes no oyeron ni palabra de ningún renacimiento. Y los que lo oyeron, no vieron aumentar su sueldo precisamente”.

Lewis, al final de su prólogo de 1996 para Cuando Harlem estaba demoda, se inclina por emitir un veredicto menos severo: “El renacimiento erigió los cimientos para una revalidación integral de las energías culturales afroamericanas. Los hombres y mujeres del renacimiento de Harlem pudieron fracasar en su momento, pero no nos han fallado a nosotros en el nuestro”.

Bibliografía

Cuando Harlem estaba de moda. David Levering Lewis. Traducción de Javier Lucini. Biblioteca Afroamericana de Madrid / Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

Caña. Jean Toomer. Traducción de Maribel Cruzado Soria. Biblioteca Afroamericana de Madrid / Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Autobiografía de un ex hombre de color. James Weldon Johnson. Traducción de Pepa Cornejo. Señor Lobo Ediciones.

Claroscuro. Nella Larsen. Traducción de Pepa Linares. Contraseña Editorial.

Escritos sobre España. Langston Hughes. Traducción de Javier Lucini y Maribel Cruzado Soria. Biblioteca Afroamericana de Madrid / La Oficina.

Divago mientras vago. Langston Hughes. Traducción de Mariano Peyrou. Antonio Machado Libros.

Blues. Langston Hughes. Traducción de Maribel Cruzado Soria. Pre-Textos.

Vázquez Montalbán

El marxismo-pop y la gente derrotada

Manuel Vázquez Montalbán era un ejemplar raro de comunista, que no quería privarse del humor ni del placer. Nunca dejó de reconocerse en los suyos cuando le llegó el éxito.

Manuel Vazquez Montalban

En 1945, en el corazón de la más dura posguerra, un hombre que había sido policía durante la República, afiliado al PSUC, detenido y condenado, volvía a casa después de haber cumplido varios años de prisión. Vivía en la calle Botella, en el Raval de Barcelona. El hombre subía muy abatido esa mañana con una maleta de cartón a su piso donde le esperaba su mujer, una humilde modista, y en mitad de la escalera se cruzó con un niño gordito de cinco años. Los dos se miraron muy sorprendidos al verse por primera vez. Así cuenta Manuel Vázquez Montalbán el momento y el lugar en que conoció a su padre.

En el Raval se agitaba un hormiguero de gente derrotada cuyo único afán era sobrevivir. En medio del hedor escalfado de la alcantarilla y de los gritos de buhoneros y menestrales la radio sacaba a la calle coplas y pasodobles desde los colmados, bares y prostíbulos. El niño creció entre las historias de amor, los lances de pasiones y celos, los sueños imposibles que expandían los dulces boleros por los patios de luces, terrazas y balcones llenos de ropa tendida. Ese fue el primer alimento que nutrió su inconsciente. Concha Piquer cantaba Tatuaje y aquel niño no tenía que forzar la imaginación, puesto que eran de verdad los marineros rubios como la cerveza, llegados en un barco, que él veía entrar y salir de los antros de lenocinio. Todos los días se encontraba con mujeres apoyadas en el quicio de la mancebía, con machacas, chulos, pícaros y tipos anónimos silenciosos y humillados que, no obstante, manifestaban en la mirada una rebeldía soterrada ante una libertad reprimida. Leía los tebeos de El hombre enmascarado, deFantomas y Juan Centellas; coleccionaba cromos de futbolistas del Barcelona, Calvet, Seguer, Basora, César y Gonzalbo. El horizonte del chaval pudo ser el taller de mecánico, pero su padre, con buen tino, lo matriculó en una academia privada para que estudiara el bachiller y de esta forma el destino se puso a su favor y el chaval pudo llegar a licenciarse en Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona.

En el Raval veía cada día a mujeres apoyadas en el quicio de la mancebía, machacas, chulos, pícaros y tipos anónimos

Manuel Vázquez Montalbán heredó de su padre la conciencia política de izquierdas. La rebeldía universitaria le llevó a afiliarse al PSUC en 1961, a formar parte incluso del comité central, a cumplir con todos los ritos usuales de la clandestinidad, panfletos, células, consignas, contraseñas, nombres de guerra. Sobrevino la consiguiente redada y dio con sus huesos en la cárcel de Lérida. Muchos escritores burgueses deben sus principales lecturas al año en que los mantuvo en la cama una tuberculosis de adolescencia. Vázquez Montalbán aprovechó sus tres años en el talego para amueblar su cerebro de marxismo y de todo lo demás.

Al salir en libertad era un joven con vocación de poeta y literato todoterreno, llevaba la pluma cargada con la idea fija de disparar contra la injusticia social, pero este designio tan noble trató de conjugarlo con la necesidad y esperanza de llegar un día a comer y vivir de este oficio, aunque fuera trabajando en la mina de sal del periodismo como un forzado. Parece que en un momento determinado se gritó a sí mismo: “A Carlos Marx pongo por testigo que nunca más volveré al Raval”. Logró este empeño, pero el hecho de que no se desclasara y nunca dejara de reconocerse en los suyos cuando le llegó el éxito, fue una de sus conquistas.

El horizonte del chaval pudo ser el taller de mecánico, pero su padre, con buen tino, lo matriculó en una academia privada para que estudiara el bachiller

Vázquez Montalbán era un marxista leninista con retranca, un ejemplar raro de comunista, que no quería privarse del humor, del sarcasmo y de la ironía, algo sospechoso en el bloque mental cerrado del partido. Empezó a escribir con seudónimo de forma alimenticia en una revista de corte y confección. Desde el primer momento tuvo una obsesión que logró cumplir hasta el final de sus días. En cualquier empresa donde escribió lo primero que exigía era que le dieran de alta en la Seguridad Social, producto de la inseguridad que llevaba inoculada en el cerebro. La pluma de este periodista superdotado comenzó a disparar desde cualquier medio que le dejaran a destajo. Al final encontró una garita propia. ¿Se puede unir a Marx con Juanito Valderrama y a Lenin con Lola Flores?

Aquellas canciones románticas que salían de los colmados de su barrio, las letras de las coplas, los cromos de futbolistas del CF del Barcelona, los anuncios de Netol y de Norit el Borreguito, los tebeos, los carteles de películas, los rostros de las artistas, el olor de los teatros de revistas del Paralelo formaban un légamo de la memoria y sobre ella se deslizaban los fantasmas que habían perdido la guerra. Ese material fermentado afloró en un reportaje que le dio, de pronto, nombre y fama. Su Crónica sentimental de España había permanecido olvidada o, tal vez, retenida varios meses en uno de los cajones de la revista Triunfo, hasta que en septiembre de 1971 se publicó la primera entrega con un éxito fulminante. Este material popular que siempre había sido despreciado por los intelectuales, Vázquez Montalbán lo transformó en una categoría y sin librarlo de la carga de nostalgia lo llenó de claves secretas para entender los sueños derrotados por una dictadura. Fue ese instante de gracia en que logró la inspiración en el campo inexplorado de un marxismo-pop, de propia creación.

Vázquez Montalbán aprovechó sus tres años en el talego para amueblar su cerebro de marxismo y de todo lo demás

En el estudio de su casa de Valvidriera y en su masía de Cruilles en el Ampurdán tenía tres o cuatro máquinas de escribir cargadas en batería cada una con un folio en el rodillo. Cumplía como un profesional puntualmente con su trabajo estajanovista, novelas, ensayos, poemas, artículos, reportajes, crónicas, viajes, a borbotones, con unas facultades extraordinarias de memoria y de talento.Triunfo, Hermano Lobo, EL PAÍS, Interviú, Por Favor. No sabía negarse a ningún prólogo, a ningún encargo. Se había empeñado en demostrar que un marxista tenía derecho al humor; ahora estaba dispuesto a demostrar que también tenía derecho al placer. Vázquez Montalbán pasó de la recia tortilla de patatas y del vino Savin a saberlo todo de cocina y de marcas de whisky. Se hizo gastrónomo. Escribió de cocina para hacer un marxismo digestivo y realizar la proeza de enseñar a la izquierda a comer. El hecho de que no lo consiguiera convirtió a Vázquez Montalbán en un escritor romántico.

Los premios le llegaron cuando ya tenía más de cincuenta libros publicados. Todo lo que sabía de marxismo, de libros, de crítica, de cocina, de triunfos y derrotas de la vida lo aplicó para armar la psicología de su personaje más famoso. El detective Pepe Carvalho era el trasunto del propio Manolo. En la pequeña distancia era un hombre tímido, de mirada baja, con tendencia a coger peso. Unas veces lo veías muy gordo y después de una temporada lo veías muy flaco. En la clínica de Incosol en Marbella perdía diez kilos y sus ojos desvalidos expresaban la tristeza de no poder darle al cuerpo el placer que predicaba y al que tenía derecho más allá de la ideología. Viajaba como comía, como escribía, de forma compulsiva. Había ganado el Planeta con la novela Los mares del Sur y ya que lo había soñado literariamente el destino le hizo morir en el aeropuerto de Bangkok, el 18 de octubre de 2004, cuando regresaba de Sídney. Como es lógico, Vázquez Montalbán siguió publicando después de muerto desde algún lugar del universo. Cuando años después pasé por ese aeropuerto pude recordar con gran emoción a mi amigo al subir por la misma escalera mecánica donde él cayó fulminado por un infarto. Esta escalera unía la zona de tránsito con las salas de embarque. Vázquez Montalbán no pudo embarcar. La zona de tránsito era para él hacia el otro mundo, también hacia la posteridad.

Este artículo cierra la serie Periodistas Literarios de Manuel Vicent. Una selección de ellos se puede consultar en babelia.com

Por qué dejamos de leer

por que dejamos de leer

A nueve de cada diez niños les apasionan los cuentos y saber leer. En cambio, prácticamente la mitad de los jóvenes de entre 14 y 24 años asegura que no lee libros o lee pocos porque no le gustan, no le interesa o no tiene tiempo.

“Hay cierto prejuicio de los adolescentes hacia la lectura porque se asocia a algo muy académico, de buen estudiante“. “La lectura es una actividad compleja, que requiere esfuerzo y que necesitas ejercitar mucho para que te guste”. “La ficción se ha diversificado y los jóvenes tienen otros géneros como el cine o los videojuegos para conseguirla”. “No tienen tiempo y sí otros intereses”. “En la escuela hay mucha lectura obligatoria”. “Padres y profesores tampoco leen”. Estas son sólo algunas de las muchas razones que aducen profesores, bibliotecarios, escritores, editores y especialistas en literatura juvenil para justificar la pérdida de afición a la lectura en el paso de la niñez a la adolescencia.

Las estadísticas indican que el 85% de los menores de 13 años lee por estudios y en su tiempo libre, y tres de cada cuatro lo hace a diario o semanalmente. En cambio, a partir de esa edad hay un porcentaje de entre el 28% y el 37% (depende del sondeo) que no lee nunca o casi nunca. “Hay dos grandes caídas de lectores que coinciden con el paso de la educación primaria a la secundaria, a los 11-12 años, y con el paso al bachillerato, a los 15 o 16”, asegura Pedro César Cerrillo, director delCentro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil de la Universidad de Castilla-La Mancha. Teresa Colomer, directora del grupo Gretel de investigación en literatura infantil y juvenil y educación literaria de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), explica que el primer descenso llega a los diez años porque “la punta de ilusión por leer se registra a los nueve con el final del aprendizaje lector, que es muy motivador porque ilusiona mucho socialmente; luego ya no se les valora tanto que lean”.

No es algo que ocurra sólo en España. Un sondeo del National Literacy Trust realizado en 2012 concluyó que el 27,5% de los ingleses que tienen entre 12 y 16 años no lee, si bien había otro 30% que decía que leía cada día. Porque si al llegar a la pubertad muchos se apuntan a la máxima de que leer es un rollo, hay otro grupo que hace de la lectura su pasión. De ello da muestra la cantidad de blogs y clubs de lectura creados por adolescentes (veáse información de apoyo), o los foros organizados en las webs de algunos autores de literatura juvenil como Laura Gallego o Jordi Sierra i Fabra.

No menos que sus padres

En realidad, dicen los expertos, en España nunca se ha leído tanto como ahora. “Los adolescentes sí leen, leen muchísimo, pero lo hacen sobre todo en pantalla y eligen textos multimedia o divulgativos, no literarios”, opina Carme Vidal, profesora de educación secundaria. Y enfatiza que los jóvenes de hoy no leen menos de lo que lo hacían los de generaciones anteriores, aunque ahora tienen otras vías para satisfacer su necesidad de historias. “A los niños pequeños les gusta la ficción porque llega de la mano de los padres y de los maestros; los adolescentes también necesitan esas historias, pero acceden a ellas a través de otros géneros como el cine o los videojuegos“, comenta. Y enfatiza que la sociedad en general tampoco es muy lectora y ni padres ni profesores son modelos para los chicos porque muchos no leen ni les enseñan qué y cómo deben leer. “Fomentar el hábito de la lectura no es decirles que lean o darles lecturas obligatorias, es acompañarles, darles recursos para que sepan interpretar los textos y obtengan placer con ellos, porque eso es algo que no llega solo, que requiere esfuerzo”, indica.

Antònia Caño, directora de la biblioteca La Muntala, integrada en la red de la Diputació de Barcelona, enfatiza la importancia de este acompañamiento. “Hoy, cuando el buen gusto no responde a un canon sino al mercado, tiene más relevancia que nunca la figura del prescriptor, de alguien que conoce y recomienda lecturas en función de tus apetencias, del momento”, dice. Opina que los jóvenes de hoy no leen menos sino que leen de otra manera: “Leen en el móvil, en el ordenador, cuelgan fragmentos de lo que están leyendo en las redes sociales, intercambian comentarios con otros lectores, buscan una lectura social…; en realidad ahora hay más opciones de llegar a ser buenos lectores gracias a la amplia oferta y a internet”. Por eso Caño cree que para que los jóvenes se apasionen por los libros hay que acercarse a ellos con nuevas herramientas y con los formatos que les gustan. “No veo mal que lean series, siempre nos hemos enganchado a la lectura a través de las series; antes eran ‘Los cinco’ los que nos cautivaban y a partir de ahí la bibliotecaria nos animaba a descubrir otros libros y autores; ahora empiezan por ‘Juego de tronos‘ o ‘Harry Potter‘ y cuando comienzan a aburrirse es el momento de ofrecerles otras cosas; porque la lectura es un proceso y si has leído series llega un momento en que ya puedes leer Dickens, Mark Twain o autores actuales más realistas; han cambiado las formas pero no el proceso”, resume.

Competencia de intereses

También Mireia Manresa, profesora de secundaria y de Didáctica en la UAB que dedicó su tesis a analizar los hábitos lectores de los adolescentes, cree que es importante promover la lectura teniendo en cuenta sus intereses. Recuerda que leer es una actividad individual poco atractiva en una etapa donde una de las prioridades es el grupo, hablar, compartir, socializar. De ahí que para hacerla más interesante abogue por socializarla, por fomentar que hablen sobre libros y recomienden los que les gustan y por crear comunidad a través de esta actividad.

“La socialización pesa tanto en los adolescentes que muchos de los que antes eran muy lectores se sienten aislados y acaban abandonando la lectura por la presión ambiental“, coincide Colomer. Lourdes Domenech, profesora de lengua y literatura castellana en secundaria y madre de adolescentes, cree que en este abandono influye que en la ESO tienen poco tiempo para leer. Según los datos recabados en 2009 por Manresa para su investigación, si en primero de ESO hay un 14% de estudiantes que no lee textos literarios en su tiempo libre, en tercero de ESO el porcentaje sube al 45%.

El presidente de la Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil y editor, José María Gutiérrez de la Torre, cree que el problema es que los chavales se sienten perdidos entre tanta oferta de libros y de actividades: “Con las pantallas la lectura profunda se resiente porque están permanentemente invitados a picotear de una cosa y de otra, como en el bufet de una fiesta”.

En cambio, el escritor Jordi Sierra i Fabra rechaza el argumento de que los jóvenes no leen porque tienen otras aficiones y prioridades. “No comparto que la culpa sea de los videojuegos o de internet; llevo 42 años publicando libros y antes se culpaba a la televisión y a los vídeos; la clave es que los chicos asocian los libros con la escuela, y allí cuando les recomiendan una novela no es para que lo pasen bien, sino para que luego hagan un trabajo o se examinen, y eso se acaba convirtiendo en un suplicio; además, como se enfrentan a esas lecturas solos, muchos no entienden lo que leen, piensan que es culpa suya, que son burros, y para no sentirse mal dejan de leer”, indica.

Las polémicas lecturas obligatorias

También Pedro César Cerrillo cree que las lecturas obligatorias escolares tienen mucho que ver con que algunas personas aborrezcan la lectura. “La lectura obligatoria debe existir porque forma parte de la formación del individuo, pero si les damos tres libros por trimestre para leer fuera del horario escolar hipotecamos el tiempo de lectura libre que puedan tener”, comenta. Y subraya que el problema se agrava entre los estudiantes de bachillerato, a quienes se les prescriben libros que a menudo chocan con sus gustos y con las capacidades comprensivas a esa edad. “No es cuestión de que no tengan que leer clásicos, sino de qué clásicos se les proponen, en qué momento y de qué manera; si a un joven de 16 años le damos ‘La Celestina‘ es muy probable que no encuentre placer en leer porque es una obra compleja y alejada de sus circunstancias; en cambio, igual disfruta con ‘El Lazarillo de Tormes‘ si se le ayuda a compararla con series de televisión actuales”, ejemplifica.

Los profesores participan de esta controversia. La mayoría cree necesarias las lecturas obligatorias porque de otra manera muchos chicos no tendrían ningún contacto con la literatura o no tendrían suficientes referentes para definir sus gustos. “Al adolescente basta con obligarle a algo para que se ponga en contra; así que la lectura, que es algo que cuesta, si es obligatoria no les convida mucho a leer; pero de manera natural la mayoría tampoco leería y a veces es gracias a que les obligas que algunos se enganchan a los libros”, opina Núria Cot, profesora de lengua y literatura en el instituto Esteve Albert.

Lo que levanta más polémica es la forma en que se plantean esas lecturas. “A menudo el planteamiento es: ‘Te doy un libro, te digo que has de leerlo, y te pregunto sobre él en el examen’, y eso les hace aborrecerlo; en cambio, estas lecturas pueden ser una herramienta poderosa para involucrarlos en la literatura y que descubran cosas que no conocen”, indica Vidal. Cuenta que ella organizó una ‘webquest‘ (actividad de investigación a través de internet) sobre ‘El Lazarillo de Tormes’ en la que los alumnos tenían que escribir un pequeño episodio imitando el texto original. “No les planteé que debían leer obligatoriamente el libro, pero para hacer el episodio era imprescindible entender la novela e imitarla con humor; les encantó, se rieron, comprendieron la obra y se la apropiaron para hacer un trabajo creativo”, resume.

Cot reconoce que examinar de las lecturas de la ESO y ofrecer un único libro para todos puede ser contraproducente para cautivar a los alumnos, pero ve difícil hacerlo de otro modo y controlar qué han leído. Sin embargo, cada vez son más los profesores que se suman a la corriente de lectura sin exámenes, lo que permite ofrecer una lista abierta de libros para diferentes gustos. Lourdes Domenech dice que en lugar de un examen propone actividades creativas, tertulias, foros de lectura on line y puntúa la actitud.

Libros puente

Mireia Manresa cree que muchos de los estudiantes de secundaria y de universidad no conocen suficiente la literatura para poder definir lo que les gusta, y que precisamente el papel de los profesores ha de ser acompañarlos para ir encontrando autores y géneros que no descubrirían por sí mismos. “El profesor debe conocer mucho al chaval, saber qué lee y qué le gusta, y a partir de ahí construir puentes entre lo que lee y lo que podría leer, ayudarle a progresar”, dice. Por eso rechaza recomendar títulos para cualquier adolescente, porque el libro más adecuado dependerá siempre de las habilidades lectoras de cada uno, de sus gustos y preferencias… Así, por ejemplo, considera que a los chavales que ya leen bastante hay que abrirles la puerta a otros géneros, mientras que a los que no leen hay que engancharles con lecturas fáciles, con novela gráfica o con álbumes ilustrados. “Yo tenía una alumna que leía de forma compulsiva pero sólo novela fantástica, y un día le propuse que probara con ‘La voz dormida‘, de Dulce Chacón; le gustó, le emocionó y lo pasó a sus amigas”, dice Carme Vidal para explicar cómo contribuir a que progresen.

Pero para poder proponer libros puente hacia otros géneros hace falta que los profesores lean mucho y estén bien formados. “Los maestros no siempre son grandes lectores, y si tú no eres muy aficionado difícilmente vas a transmitir esta pasión”, comenta Colomer.

En la escuela y en casa

La profesora Domenech asegura que existen muchas estrategias para fomentar la lectura pero pocas garantías de éxito, sobre todo a la hora de enganchar a quien no lee. Apunta que una de las que mejores resultados da es convertir la lectura en un hábito cotidiano incluyendo media hora diaria de lectura libre en el horario escolar. “Leer todos en clase, en silencio, supone un estímulo para los que no leerían solos en casa, y permite comentar los libros y que unos animen a otros”, explica. Otra fórmula que funciona, dice, es promover la lectura de las series de moda, como Divergente: “Tienen una proyección social y muchos los leen para poder hablar de ellos en la pandilla”.

Gutiérrez de la Torre cree que la poesía es otra posible vía de enganche. “Hay que introducirles cuanto antes en el lenguaje poético porque la poesía encierra mucha emotividad, como las canciones, y en plena crisis adolescente hay chavales que se pueden sentir identificados con un poema y encontrar en los versos la clave de su problema”, apunta.

Pero que los jóvenes lean no depende sólo de la escuela. Es fundamental el papel de la familia. “Los que están acostumbrados a leer cuentos desde pequeños, a ver a sus padres con un libro en las manos, a ir a las librerías, quizá pierdan el hábito en la adolescencia igual que cambian hábitos de higiene o de sueño, pero luego lo recuperan”, afirman Núria Cot y Lourdes Domenech a partir de su experiencia como profesoras y como madres.
Gutiérrez de la Torre cuenta que una estrategia familiar que funciona para despertar el placer de la lectura es la que denomina libros a cuatro manos. “Siempre recordamos con cariño las actividades que compartimos de pequeños con nuestros padres, así que yo coloqué en casa un atril con ‘Las mil y una noches‘, convoqué a toda la familia, y acordamos que cada noche uno leería un capítulo a los otros, y hoy mi hija asocia la lecturas a momentos placenteros”, resume.

Libros que atrapan

“Un no lector es alguien que aún no ha encontrado su libro”. Quien lo dice es la bibliotecaria Antònia Caño, pero es una idea bastante generalizada entre los apasionados de la lectura. Por eso hemos pedido a profesores, jóvenes lectores, y expertos en literatura infantil y juvenil que sugieran algunos libros que pueden servir de gancho. Todos coinciden en que las recomendaciones han de ser personalizadas, en función de los gustos y las habilidades de cada persona, pero dan algunas pistas para escoger.

Antònia Caño – Directora de la biblioteca La Muntala

Cree que la mejor vía de entrada son las series. Las que ahora triunfan más son ‘Juego de tronos’, de George R.R. Martin (Gigamesh); ‘Un verano en vaqueros‘, de Ann Brashares (Ediciones SM); ‘Buenos días, princesa‘, ‘Blue Jeans‘ (Planeta); ‘El ladrón del rayo‘, de Rick Riordan, de la colección Percy Jackson y los dioses del Olimpo (Salamandra); ‘Aquí llega Lola‘, de Isabel Abedi (EDAF); ‘Un pringao total‘, de Jeff Kinney, de la colección Diario de Greg (RBA); ‘Manual de supervivència a l’institut‘, de Rachel Renée Russell, col. ‘Diari d’una penjada‘ (Estrella Polar); ‘Amanecer‘,de Stephenie Meyer, de la colección Crepúsculo (Alfaguara); y ‘Harry Potter’, J.K. Rowling, (Salamandra).

Mela – Autora del blog Montañas de Libros

Aconseja las novelas de Rick Riordan sobre ‘Las ­aventuras de Percy Jackson‘ y la colección ‘Los dioses del Olimpo‘ (Salamandra). “Tienen mucho sentido del humor, muchas bromas, y son entretenidas porque hablan de mitología y semidioses”, resume. También aconseja otras series como ‘Los juegos del hambre‘, de Suzanne Collins (RBA) y ‘Harry Potter, de J.K. Rowling (Salamandra). Y para quienes inician la ESO, las novelas de Laura Gallego.

Marta Botet – Autora del blog Recomanacions de Llibres

Para los más pequeños (10-14 años) ve muy atractivas las historias de la colección ‘El equipo tigre‘ (Ediciones SM), que narran las aventuras de unos detectives de esas mismas edades. “Enganchan porque te mantienen intrigada con preguntas al final de cada capítulo que en realidad son pistas para que vayas descifrando el misterio”, resume.
Otra de sus propuestas es ‘La puerta de los tres cerrojos‘ (La Galera), de Sonia Fernández Vidal, “un libro que combina fantasía y realidad, que cuenta la historia de un adolescente que se mete en un libro de física cuántica y la trama está llena de enigmas que hay que ir resolviendo”. Y para aquellos que se cansan de leer pero quieren adentrarse en la literatura distópica que tanto triunfa en las conversaciones del instituto, aconseja ‘Legend‘, de Marie Lu (Ediciones SM). “Es mucho más corta que otras novelas de ese género, como ‘Los juegos del hambre’, combina aventura y una historia de amor, y en cada capítulo cambia el punto de vista alternando la narración de la protagonista y del protagonista”, explica.

José Requena – Autor del blog Adicción Literaria

Para los más románticos, aconseja ‘Un beso en París‘, de Stephanie Perkins (Plataforma Neo), ‘Bajo la misma estrella‘, de John Green (Nube de tinta), ‘Rubí‘ de Kerstin Gier (Montena) y ‘Amor inmortal‘, de Cate Tiernan (Editorial SM). Las dos primeras son novelas realistas y las otras de carácter fantástico.
Para los que buscan aventuras, propone las distopías de ‘Los juegos del hambre’, de Suzanne Collins (RBA) y ‘Divergente‘, de Verónica Roth (Molino) y las historias fantásticas de ‘Trono de cristal‘, de Sarah J. Maas (Alfaguara), Poison, de Maria V. Snyder (Harlequín Ibérica) y ‘Cazadores de sombras‘, de Cassandra Clare (Planeta).
Para quienes quieran llorar, recomienda ‘Willow‘, de Julia Hoban (Ámbar), ‘Frío‘, de Laurie Halse Anderson (Roca) y ‘Ojos azules en Kabul‘ de Anabel Botella (Plataforma Neo).

José M.a Gutiérrez de la Torre – Presidente de la Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil

Apuesta por enganchar a los jóvenes con las novelas clásicas de aventuras, como ‘Alicia en el país de las maravillas‘, de Lewis Carroll (Alianza y otras), ‘La isla del tesoro‘, de Robert Louis Stevenson (Edebé, Debolsillo…) o ‘El buscón‘, de Francisco de Quevedo (Anaya, Edebé…).

Mireia Manresa – Profesora de secundaria y de Didáctica en la UAB

Apunta una serie de webs de referencia sobre literatura infantil y juvenil que pueden ayudar a elegir: Llibres al replà, Revista Faristol (apartado crítica), Los Fundamentales de Canal Lector, Gretel (recomendaciones mensuales clasificadas por edad), Revista Babar, Leoteca (comunidad lectora) y Què Llegeixes (comunidad lectora en catalán estructurada por franjas de edad).

Por otra parte, opina que a los lectores menos entusiastas habría que ofrecerles series y libros que enganchen, como los de Cornelia Funke o libros que combinen texto e imágenes como las novelas gráficas –’Emigrantes‘ o ‘El árbol rojo‘, de Shaun Taun (Bárbara Fiore), por ejemplo–, o los álbumes ilustrados –sugiere los de Anthony Browne, o ‘La isla‘, de Armin Greder (Loguez Ediciones), ‘Concierto para escalera y orquesta‘ de Antonio Orlando Rodríguez e ilustrado por Carole Hénaff (Ekare), o ‘La niña de rojo‘, una versión de caperucita para adultos de Roberto Innocenti (Kalandraka ediciones de Andalucía). Y a los aficionados a las novelas juveniles de fantasía sugiere abrirles la puerta a otros géneros, como las novelas policíacas, los libros de fantasía épica como ‘La pell freda‘, de Albert Sánchez Piñol (La Campana), algunos cuentos de realismo mágico de Pere Calders o los libros de Phillip Pullman.

Pedro César Cerrillo – Director del Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil

Recomienda lecturas que hablen de los problemas de los adolescentes, como ‘Días de Reyes Magos‘, de Emilio Pascual (Anaya). “Es una novela magnífica (también para adultos) que relata la historia de un adolescente que se rebela contra la figura paterna negándose a leer (el padre es un gran lector) y se va de casa, pero encuentra trabajo precisamente como lazarillo de un ciego que sólo busca que le lean en voz alta”, resume este experto.

Lourdes Domenech – Profesora de secundaria

Ve fácil atraer a la lectura con las novelas de Ana Alcolea –’El medallón perdido‘ o ‘El retrato de Carlota‘ (Anaya)–, de Marisol Ortiz de Zárate –por ejemplo La canción de Shao Li (Bambú)–, de Jordi Sierra i Fabra o de Fernando Lalana.

Núria Cot – Profesora de secundaria

Cree que, en general, es más fácil enganchar a las chicas con novelas de amor y desamor y a los chicos con tramas de misterio y ciencia ficción. Asegura que la lectura escolar que más unanimidad suscita entre sus alumnos es El valle de los lobos, de Laura Gallego (Ediciones SM).

Enganchados a la novela y al blog

Hay jóvenes que dejan de leer en la adolescencia, pero también hay otros que en esa etapa se apasionan por la lectura y animan a otros a imitarles. Y en la era digital eso significa que no se conforman con comentar sus lecturas con los amigos sino que lo hacen en redes sociales y en internet. En los últimos años han proliferado los blogs donde jóvenes lectores resumen los libros que leen, opinan sobre ellos, anticipan cuáles se van a publicar o incluso organizan campeonatos de lectura.

Marta Botet empezó el blog Recomanacions de Llibres Infantils i Juvenils con 11 años para compartir la diversión que ella encontraba en sus lecturas. Ahora tiene 14 y sigue sin entender que alguien considere que leer es un rollo. “Creo que no tienen paciencia, que buscan algo rápido, visual, y no son capaces de aguantar hasta el final de una historia”, comenta.

José Requena, responsable de Adicción Literaria y estudiante de Periodismo, defiende que “leer es una de las sensaciones más placenteras que existen; es relajante, te ayuda a desconectar y te hace experimentar sensaciones que jamás sentirás (por desgracia o por fortuna) y viajar a lugares que jamás habrías imaginado; los gatos tienen siete vidas, pero los seres humanos si leen pueden tener incluso más”. Y opina que si hay chavales que no leen es porque no han encontrado el título perfecto (su consejo es leer varios géneros e ir probando hasta encontrar el mejor para cada uno) o porque en el instituto se han topado “con libros infumables” por culpa de las lecturas obligatorias.

Mela, de 16 años, estrenó hace un año el blog Montañas de Libros y sostiene que la clave para engancharse a la lectura es dar con un libro adictivo, con el que sea imposible aburrirse. Para ella ese papel lo desempeñó ‘Harry Potter’, pero cree que ahora a muchos les llega la adicción con ‘Los juegos del hambre’.

Fuente: La vanguardia 30/11/2014